Raziel Tovar

Diarios de un Meditador

Dioses falsos (borrador)

Escribo con puño y letra para evitar cualquier corrección. Para no escribir lo que sea mi voluntad, sino la de quien verdaderamente es. Escribo debido a mi incapacidad para hablar con el corazón desnudo. En el movimiento de la escritura encuentro la sinceridad. Porque el papel ésta en blanco es que no veo necesidad de mentir ni fingir. En donde no hay palabras incrustadas es fácil construir el camino hacia la vida. Pero en donde la muerte ha acechado con el lenguaje del hombre-máquina, el hombre-tiempo, el hombre-ciencia y todos toda las lenguas del hombre autómata, es difícil encontrar caminos hacia la vida. Aunque no imposible.

El hombre moderno ingenuamente creyó haber superado los dogmas impuestos por las religiones, o por las instituciones de éstas. Sin embargo hoy es más ciego que nunca. Se ha embriagado de soberbia y de razón y no se da cuenta que ha creado tanto dioses falsos como falsas necesidades. El hombre-autómata exalta el fanatismo a la muerte, a lo impersonal, lo estandarizado, le breve y efímero, a lo que no crece y no tiene vida.

¿Cual es el camino a la Vida y la plenitud humana? Es el camino del Dios Verdadero. El dios del Amor. El Dios de la Vida. Es su senda, pero lo es también el camino en dirección a Él. Es su senda, su dirección y también su compañía. Puedes transitar por el camino de quien hace los ríos y los valles, pero de nada sirve si no vas hacia donde Él. Puedes tratar de dirigirte a él, pero si no lo haces el camino de Él, nunca llegarás. Y si encuentras el camino y su dirección jamás lo encontrarás si no aceptas su compañía en cada una de tus acciones. No puedes tomar como ídolos dioses falsos y al mismo tiempo creer que puedes transitar por el camino hacia el Dios Verdadero. Porque sólo un espíritu libre y sincero de corazón entiende el significado de la Vida.

 

I

No seas como el conejo blanco que persigue Alicia, que de tanto administrar el tiempo, terminó éste administrandolo a él. En tanto dedicaba sus pensamientos, acciones y conversaciones sobre el tiempo, lo convirtió en un ídolo. Así como las personas que hablan constantemente de sus enfermedades y males, terminan haciendo de la muerte un ídolo. Y así como el conejo blanco, el hombre creó al falso Dios del tiempo.

 

II

Como el hombre fue medido por el tiempo, quiso también medir el conocimiento. Creó un método para entender todo lo que no entendía. Y dejó de mirar y escuchar su propio corazón porque se embriagó de razón. Pero la razón siempre se convierte en soberbia si no es acompañada de sabiduría. Entonces la razón se montó sobre el lomo del occidente y lo domó, y creó un imperio construido de lógica y exactitud. El método debió haber servido al hombre, pero terminó este inclinándose ante el método. Le rindió pleitesía y su corazón se endureció. El oriente se resistió pero finalmente se endureció también su corazón.

 

III

Se endureció como el acero de las grandes y poderosas máquinas. El hombre inválido de corazón se sintió admirado y atraído por estos monstruos de metal. Y se dijo así mismo -las multiplicaré para que traigan prosperidad y abundancia-. Y cuando hubo abundancia el hombre se detuvo para contemplar el fruto de su trabajo. Pero el Dios del tiempo le dijo a toda prisa -¡No te quedes ahí sentado sin hacer nada!- Y el hombre que antes disfrutaba de vivir en el presente, que se sentía satisfecho siendo lo que es, sintió un miedo terrible hacia el Dios del tiempo, y empezó a trabajar para tener más, para no desperdiciar el tiempo ante los ojos del dios que él mismo creó.

 

IV

Y mientras más tenía más insatisfecho se sentía, y dejó de ser. Aislado de sí mismo, intentando vivir como extranjero de su propio corazón, quiso llenar la esencia de su existencia teniendo todo cuanto pudo tener, y para saber lo que tenía tuvo que medir todo. Midió cada célula de su cuerpo, midió las emociones que aún experimentaba, midió y clasificó absolutamente todo cuanto pudo medir. Por eso construyó máquinas e instrumentos de todo tipo. Como no pudo medir su alma, dejó de creer en ella,  su espíritu se empobreció y se debilitó como nunca antes lo había hecho.

 

V

El hombre convirtió las ciudades en inmensos santuarios para rendirles culto a sus falsos dioses. Para alabar al Dios del tiempo pusieron relojes en el hogar de cada familia. Como no fue suficiente pusieron relojes en todos sus artefactos. Viven de prisa sin saber con total certeza por qué. Comen, trabajan y aman rápido. Y como una piedra que es lanzada al agua a gran velocidad, rebota en la superficie, y no logran establecer ningún vínculo profundo con nada ni con nadie. No disfrutan su comida, no disfrutan su trabajo y no son capaces de amar plenamente.

 

VI

Los hombres crearon a los dioses falsos a semejanza de sus defectos y limitaciones, y aun así, quisieron parecerse a ellos. Se deshicieron de sus antiguos valores y adaptaron otros para parecerse más a ellos. Desearon ser como las máquinas, siempre activas, rápidas, lógicas y exactas. Por eso el hombre vive de prisa, se comporta como una máquina y mide todos sus actos. Cuenta cada segundo para no desperdiciarlo como lo hacía antes cuando contemplaba y reflexionaba sobre su existencia. Así surgió el hombre-autómata. Fieles devotos del tiempo y del gran progreso tecnológico.

 

VII

Para establecer un orden impersonal y automatizado creó un monstruo colosal e invisible para todo aquel que fuera ciego de corazón y lo llamó burocracia. Y se extendió como un cáncer que ataca sus propias células. Estandarizó sus pensamientos y emociones.

 

VIII

Para asegurar la dominación y reproducción de sus  dioses falsos crearon otro dios, el más taimado y peligroso de todos, el Dios de la opinión pública. Esta voz que nadie asume como propia pero que todos temen y respetan. Por eso pusieron una televisión en el hogar de cada familia, para que las personas no se tengan que escuchar entre sí ni a sí mismas. Así, si alguien cometiera algún perjuicio contra los valores del tiempo, el progreso tecnológico, o la razón científica, se le acusaría de loco y hereje. No sería necesario ni siquiera que alguien lo delate. Lo haría él mismo, carente de una opinión propia, atormentado por el incesante flujo de información, se entregaría sumisamente a cualquier orden o voz que se esconda detrás de algún interfaz.

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